lunes, 15 de julio de 2013

Cuando la edad no importa: Carmen

Recortando Miedos

Carmen de 8 años de edad, estaba internada en un servicio de oncología pediátrica. Era la primera visita que le hacían los payasos y estaba acompañada por su madre.

Ya había perdido el cabello como efecto de las drogas oncológicas suminitradas. Con cierta apatía y el enojo reflejado en su rostro, aceptó la visita de los payasos.

La coordinadora y acompañante terapéutica de esa intervención le explicó a Carmen que sus amigos payasos, estaba hablando en el pasillo haciendo un poco de ruido sin percatarse del cuadro colgado de la pared que decía SILENCIO. Aburridos, en realidad estaban buscando un lugar donde poder jugar.

Carmen los dejó pasar a su habitación para que jugaran con ella un rato. Previamente la coordinadora le dijo, con un guiño cómplice, que con toda confianza le avisara si se ponían pesados; ella buscaría una excusa para sacarlos de allí sin ofenderlos, ya que habían estado toda la tarde haciendo travesuras. También le agradeció que los dejara pasar. Era un alivio que jugasen un rato con ella porque estaba cansada de jugar todo el tiempo a lo que los payasos traviesos querían.

Así fue como, tras presentarse la payasa y el payaso, le propusieron un juego en el que el payaso llevaba a la payasa a visitar a una famosa médica que sería Carmen para que la atendiese. La payasa sufría de "aburriditis aguda".

Hubo un momento, ya avanzado el juego, en el que a Carmen se le facilitaron unas tijeras gigantes de plástico, sin ningún filo, que servirían según la propuesta del número, para "cortar las molestias" que ella haía localizado con una lupa y que siempre se movían de un lado para el otro en la payasa afectada.

No sabemos con certeza si Carmen escuchó esto de "cortar las molestias" porque entró en un juego individual, de abrir y cerrar las tijeras, cada vez más fuerte y más rápido y de manera casi compulsiva, sin mirar a nadie más que a las tijeras.

La madre intentó intervenir diciéndole que mirara a la payasa y dejara ya las tijeras que se podían romper. Carmen, inmersa en su juego continuó moviendo rápidamente las tijeras jugando a "cortar el aire": Su mamá, intentó sostener las tijeras y le dijo: "Carmen: los payasos vinieron para estar con vos, mirálos". Los padres muchas veces suelen sentirse responsables de la aparente "no atención" de sus hijos payasos, entendiendo que son personas, muchas de ellos voluntarios que realizan esta labor para colaborar en su recuperación. La coordinadora le dijo a a mamá: "No te preocupes si se rompen las tijeras. Me parece que Carmen tiene ganas de cortar muchas cosas".

La payasa entonces preguntó a la niña: "¿Qué te gustaría cortar?". Carmen dejó de mirar las tijeras. Miró a la payasa y se rió. Y se estiró todo lo que pudo con las tijeras para cortarle el pelo.

La risa explotó en ella, a borbotones y sin parar. Carcajadas y más carcajadas liberando y transformando quizás lo traumático de aquel momento en el que alguien la había rapado, para que el débil pelo no se quede en sus manos.

No se conformaba con simular que cortaba el pelo, sino que metía las tijeras como palanca para quitarle la peluca y que se cayese al suelo y la payasa se entregaba confiada y satisfecha de que Carmen cortara todo lo que ella quería y no sólo las molestias propuestas inicialmente.

Su mamá oscilaba entre la risa de verla tan decidida y la preocupación de que las pinzas que le sujetaban la peluca de la payasa pudieran hacerle daño. Se notaba que no quería hacerle ningún daño real, que todo lo que intentaba era que las tijeras realmente tengan la función y el efecto de una tijera. Sobre todo hacer caer la peluca y lo logró.

"¡No te preocupes, que corte todo lo que quiera!". Carmen estaba pletórica y ante este permiso miró a la payasa y siguió jugando a cortarle la chaqueta (quitándosela), a la nariz roja (quitándosela) y a cortarla directamente a ella en pedacitos. Todo sin para de reírse a carcajadas. La niña tenía los ojos super abiertos y brillantes, sorprendida de lo que se estaba atreviendo a hacer, su risa era inagotable. Todo esto pasó con aceptación de la payasa, como parte de un juego.

La payasa reflexionaría luego con sus compañeros de equipo: "¿Qué daño podía sentir yo? Su risa liberaba tensión y sus cortes me liberaban a mi también, de la dependencia de ser payasa con un vestuario".

El trabajo finalizó con sus carcajadas inagotables acompañando a los payasos hasta cruzar la puerta de la habitación, momento en el cual entregó las tijeras con un guiño, amenazando con seguir cortando más cosas.

¿Qué quería cortar Carmen? ¿Quería estar del lado del que corta? ¿La haría esto sentirse más fuerte? ¿Quería cortarle el pelo a la payasa para ponerla en su situación? ¿Quería cortar en trocitos a la persona que le cortó el pelo? ¿Quería destruir el dolor? ¿Quería cortar de una buena vez su enfermedad?

Hacernos preguntas es fundamental para profundizar en la comprensión de lo que la niña ha propuesto. Muchas veces no tendremos la respuesta asegurada pero nos abre nuevos caminos a a escucha. Y no sabemos la respuesta pero si sabemos lo que consiguió:

- Hacer al fin lo que le dio la gana.

- Reírse de una "tragedia" proyectada en una payasa.

- Reírse de varias cosas que conlleva a veces el cáncer.

- Sentirse más fuerte.

- Y sobre todo lo que sí corto con sus tijeras fue su propio enojo, su disgusto y su soledad frente a algo que nadie mejor que ella comprendía.


Extracto del libro: Payasos de Hospital. Historia de encuentros.
Andrea Romero, Liliana Méndez, María Marta Bianco, Vanesa Castro Arata, Verónica Macedo.
Cap. 1: Cuando la edad no importa. Pag. 30
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