jueves, 2 de febrero de 2012

Enseñanza del zorro al Principito

El Principito se encontró con el zorro y quiso jugar con él.

"—No puedo jugar contigo —dijo el zorro—. No estoy domesticado."

El Principito le preguntó qué era eso de estar domesticado.

"—Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—. Significa 'crear lazos'."

"—¿Crear lazos?"

"—Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo..."

Esta es la lección del zorro. Conviene revisarla, meditarla. Ser amigos es crear lazos. Lazo es lo que nos une. Lazo es una dependencia entre nosotros. A través de la convivencia uno se domestica, se hace cercano al otro, y de ese modo el otro se le vuelve necesario. Si no, el otro es uno entre millones. Para que sea algo relativo a mí, tiene que ser distinto, pero enlazado conmigo, y a través de ese lazo. Al casamiento, la sabiduría del lenguaje lo llama "enlace".

Escuchen al zorro:

"—Mi vida es monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música."

Ser amigos es tener algo en común. Eso en común no es, imaginemos, tener los mismos gustos, amar la misma música, gustar de idénticos manjares. Eso es mera coincidencia.

Común es lo que construimos juntos, en nuestros lazos, en el mundo que no es ni mío ni tuyo sino de los dos. Eso me liga a ti, ese hacernos entre nosotros. Crecer juntos. Entonces uno no hace lo que mejor le parece, sino que limita ese egoísmo de "tengo ganas" y lo cambia por "lo mejor para ti y para mí, para nosotros".

Límites, limitarse dentro de los lazos y domesticarse unos con otros, si es que queremos querernos, claro está. Claro que, sigue explicando el zorro, para domesticar, que es convivir, para conocer, es decir, hacer algo en conjunto, para ello se necesita tiempo.

"—Sólo se conocen las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!"

El Principito está ansioso por tener un amigo, por domesticar, domesticarse. Le pregunta al zorro cómo se hace.

El zorro le enseña:

"—Hay que ser muy paciente —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca..."

No es hablando que se hacen amigos. Atiendan a la filosofía de la lengua: Se HACEN amigos... No basta con sentir que me eres simpático. Debo hacerte, hacerme, debemos hacernos amigos. Es un trabajo, es un mundo que a medida que lo construimos lo compartimos, y eso nos comunica. Es conviviendo. De lejos, y un poquito, cada vez más, de cerca. Mirándose. Haciéndose próximo el uno del otro para trazarse un lazo, una relación, una recíproca dependencia.

Elegir una novia, elegir un amigo, elegir tener hijos, es elegir un lazo, una dependencia. El sentimiento es libre. El enamoramiento es libre. Nadie puede dictarte qué emoción ha de cursar tu pecho. Pero cuando lo pones en acción, cuando decides a partir de ahí establecer una relación, eliges el lazo, el límite, la dependencia.

Inviertes en ello tu libertad. La libertad es para elegir, para invertirla en lazos.

(Jaime Barylko: Los hijos y los Límites)
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