lunes, 24 de octubre de 2011

Las Mentiras y el Autismo. Aspectos Educativos y Morales

Parece que entre los principios de todo planteamiento educativo (familiar o escolar) que se precie, figura el objetivo de evitar que los niños digan mentiras, enseñar a los niños que no deben mentir porque se trata de una conducta punible y socialmente no aceptada, por eso, durante décadas, en los ámbitos educativos escolares y familiares, se ha procurado educar para la veracidad, castigando, más o menos severamente, la producción de mentiras o engaños. En este sentido, con los niños autistas este objetivo educativo estaría cumplido desde el principio. 


Pero, por otra parte, parece que la detección de la mentira, como la detección del engaño, son estrategias adaptativas muy importantes y es obvio que las personas mentimos y engañamos, y debemos aprender a hacerlo sin ser descubiertos, pero al tiempo debemos detectar los intentos malévolos de los demás.

Desde este punto de vista, los niños con autismo serían sujetos 'socialmente desvalidos', sin una herramienta útil para desenvolverse en la difícil red de relaciones sociales. Aquí e plantea un problema de tipo ético: ¿Debemos enseñar a los niños autistas una conducta que es adaptativa aunque sea punible, para ofrecer a los niños autistas herramientas al - uso en el ámbito social? o, por el contrario ¿Debemos dejar a los niños autistas en el mundo de la ingenuidad, éticamente intachables?, ¿Debemos enseñar a los escasos niños autistas que mienten lo punitivo de su conducta?

Hay que tomar en consideración un aspecto importante, como es que no todos los individuos reaccionamos igual ante una persona ingenua: mientras que unos no intentarán engañar al ingenuo, otros harán de él el objeto de sus tretas. 

Suponiendo que superamos la cuestión ética decidiendo que los niños autistas deberían contar con las herramientas sociales de sus iguales, también se plantea un problema educativo ¿Cómo enseñar a los niños autistas la conducta espontánea de mentira? Los profesores de niños autistas tienen que plantearse un objetivo educativo contrario al de todos los educadores: no sólo no deben castigar las escasas conductas de tipo engañoso, simulador o mentiroso, sino que deben trabajar sobre estrategias que le permitan al autista desarrollar intenciones competitivas y evitadoras (de las conductas de los otros) que le lleven a producir conductas de engaño y mentira, y, contrariamente a todos los programas normativos de educación, fomentar y reforzar estas conductas en los alumnos con autismo. 

Pero, como sabemos, los niños deberían ser capaces de manejar inferencias mentalistas previamente. Diversas experiencias en las que se ha instruido a niños autistas en el manejo de inferencias mentalistas han tenido poco éxito y esto nos hace sospechar la dificultad de instaurar la conducta de engaño. Recordemos que la mentira tiene más exigencias que el engaño: es necesario que se dé en una producción de tipo declarativo y predicativa, algo que no es frecuente en el lenguaje de los niños autistas.

En el ámbito de este congreso, centrado en la respuesta educativa, nos parece que, aunque no es posible por ahora ofrecer a los profesores estrategias para seguir un camino de instrucción en engaño ni mentira, podemos reflexionar sobre la participación de habilidades mentalistas y pragmáticas en las conductas de mentira, y sobre la adecuación de situaciones de enseñanza en las que los niños autistas puedan obtener beneficios sociales de conductas engañosas.
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