viernes, 25 de marzo de 2011

La Teoría de las Ventanas rotas



Es común atribuir a la pobreza el origen de casi todos los delitos, pero hay estudios que contradicen esta creencia. Existe una teoría que afirma que no es la pobreza, sino el abandono y la despreocupación los causantes de esos males. A esta teoría la llamaron la teoría de las ventanas rotas.

A finales de la década de los sesentas, en la Universidad de Stanford, el profesor Phillip Zimbardo -junto a un grupo de investigadores- realizó un experimento de psicología social que consistía en abandonar dos autos idénticos en dos barrios distintos. Un coche lo dejaron en el barrio del Bronx (una zona pobre y conflictiva de Nueva York) y el otro lo dejaron en Palo Alto (una zona rica y tranquila de California).

Al día siguiente, el auto abandonado en el Bronx era puro esqueleto. Le habían robado los espejos, el estéreo, los asientos, el motor, las llantas, los focos… todo. En cambio, el auto abandonado en Palo Alto se mantuvo intacto.
Pero el experimento no acabó ahí. Cuando el auto abandonado en Palo Alto llevaba una semana como lo habían dejado, los investigadores decidieron romperle un vidrio… y se desató el mismo fenómeno que en el Bronx. ¡Háganme el chingado favor!

¿Por qué chingaos pasó eso? ¿Por qué una ventana rota en un vecindario supuestamente seguro y “pipiris nice” fue capaz de detonar el pillaje?


El profesor y su grupo de investigadores concluyeron que no se trataba de la pobreza, sino de algo que tiene que ver con la psicología humana y las relaciones sociales. Un vidrio roto en un auto abandonado transmite la idea de deterioro, desinterés y despreocupación; transmite una idea que va rompiendo los códigos básicos de convivencia. Un vidrio roto es sinónimo de ausencia de ley, normas y reglas.

Fue así cómo George Kelling, profesor y criminólogo, desarrolló en los ochentas la teoría de las ventanas rotas, que, desde el punto de vista criminológico, afirma que el delito crece en zonas donde el descuido, la suciedad y el desorden son mayores. Si se rompe el vidrio de una ventana de un edificio y nadie lo repara, pronto estarán los demás vidrios rotos (¿quién no rompió de niño vidrios de casas abandonadas en el barrio?). Si una comunidad exhibe signos de deterioro y esto parece no importarle a nadie, allí se generará el delito.

Ésta puede ser una hipótesis interesante sobre la descomposición progresiva que está sufriendo la sociedad mexicana. No, mejor dicho: esta teoría viene a reafirmar lo que sucede en México actualmente. Ese cáncer que se extiende sin parar y todo lo carcome. ¿Por qué? Simplemente porque no lo atendimos a tiempo. Vimos las ventanas rotas y no quisimos cambiarlas.

Inmersos en un egoísmo arrogante y frío, hemos abandonado a los más necesitados, se ha ignorado a los que pedían oportunidades, justicia e igualdad; se ha descuidado a los sectores más vulnerables, se ha dado la espalda a lo vital para subsistir y se ha adoptado una voracidad desenfrenada… a nadie le ha importado; ni a nosotros ni a los dueños de las industrias, de los comercios, de los partidos políticos, de los dineros ni a las autoridades, que empezaron por dejar de sancionar faltas menores –estacionarse en doble fila, pasarse un semáforo en rojo, obstruir rampas para discapacitados- hasta que se transformaron en delitos gravísimos que ahora nadie puede ni se atreve a sancionar; mucho menos denunciar.

No se cuidaron los pequeños detalles de nuestro hogar. Nadie se fijó –o a nadie le importó- la tubería que goteaba, el foco fundido, el plato sucio en el fregadero, la pintura descarapelada ni las ventanas rotas; por eso ahora estamos con el agua hasta el cuello, a oscuras, llenos de cucarachas y con la casa cayéndose a pedazos.

Donde hay descuido, desorden y valemadrismo, es donde se reproducen los males sociales; es donde comienza el desapego a los valores universales, donde empieza la falta de respeto por el entorno, por nuestros semejantes y por las autoridades. Es así -desatendiendo los pequeños detalles- como fuimos construyendo un país de ventanas rotas.
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