viernes, 25 de marzo de 2011

Ícaro





Icaro

La tierra y el cielo. He ahí una antigua metáfora de la complementariedad de los factores últimos de la existen­cia.

El cielo para volar, para soñar, para diseñar con las nubes imágenes inéditas. La tierra para subsistir, para hincar los pies y guardar cierta firmeza de continuidad.

La tierra es el orden, el cielo, la aventura. La tierra, los límites; el cielo, la creatividad rebelde y el desarrollo de todos tus mundos incubados en el misterio de tu naci­miento.

Sistema, poeta, sistema. Primero las piedritas que están a tus pies, sobre la tierra, lo inmediato. Eso requiere sistema. Nadie saltará al cielo de un solo envión; nadie, a menos que trabaje con disciplina aquí en la tierra.

Ni Rodin ni Charly García ni Gardel se sustentaron únicamente de la gracia divina y fueron y se radicaron en el cielo. No, siempre lo hacían, lo querían hacer, pero desde el duro trabajo de la tierra, con límites, con orden, con exi­gencia, que provenía primero de los demás, y que luego, internalizados, les funcionaban desde adentro.

— Hijo mío, sé lo que quieras ser; a tal efecto es indis­pensable que vayas construyendo los parámetros sobre los cuales podrías vislumbrar qué quieres ser. Déjate educar, y luego te educarás libre.

El clásico ejemplo está dado por la historia de Icaro.

Dédalo era un herrero admirable y tenía un alumno, Talos, que se perfilaba brillantemente como para superar al maestro en el futuro.

Dédalo se puso celoso y un día decidió suprimir a esa promesa humana que lo desplazaría con el tiempo. El cri­men se descubrió y lo desterraron. Dédalo se refugió en Cnosos, donde fue encerrado en un laberinto con su hijo, Icaro.

Para huir del laberinto, el papá de Icaro, el habilidoso Dédalo, hizo un par de alas para sí y otro para su hijo, ya que sólo volando podrían evadirse de esa prisión. Estaban hechas con plumas de ave atadas con hilos y otras más pequeñas pegadas con cera.

Después de haber preparado el par de alas de Icaro, le dijo con lágrimas en los ojos:

— Hijo mío, ten cuidado. No vueles a demasiada altura para que no se funda la cera por causa del sol; ni demasia­do bajo para que el mar no humedezca las plumas.
Ambos emprendieron el vuelo de la libertad.

— Sígueme —le dijo—, y no tomes un rumbo propio.

En pleno vuelo, Icaro desobedeció y comenzó a remon­tar su ruta hacia el sol. Dédalo se dio vuelta y ya no lo vio. Solamente alcanzó a percibir las alas que iban cayendo y flotaban en el agua; el sol había derretido la cera e Icaro había caído trágicamente al mar.

Esta mítica parábola del universo griego ataca varios puntos de meditación.
Los griegos consideran la hubris, la soberbia del que desconoce sus límites y sus limitaciones, como el mal mayor. Icaro fue presa de esa soberbia: él alcanzaría el sol.

Por otra parte, el relato alude claramente a la situación conflictiva entre padres e hijos: es deber del padre enseñar, decir "no te apartes de mi rumbo", y es tendencia natural de los hijos rebelarse y buscar el camino propio.

Icaro podría haberlo practicado, pero siempre dentro de los límites de lo posible. Se perdió porque desconoció esos límites.

Volar, sí.

Educa a tus hijos en límites y con alas. Educarlos es ponerlos en contacto con la fragilidad de las alas, con la cera que se derrite y, por lo tanto, a favor de la vida, para que el vuelo produzca vida y no muerte.

  
Jaime Barylko – Los hijos y los límites
Publicar un comentario en la entrada